Mandala Tibetano

Mandala en sánscrito quiere decir círculo. Originalmente, los mandalas son un arte milenario que permiten llegar a la meditación y a la concentración a través del dibujo, para exprimir nuestra propia naturaleza y creatividad. Los mandalas tibetanos son una representación geométrica del cosmos.

Los monjes vierten millones de granos de arena de colores desde el centro hacia las orillas, simbolizando el nacimiento. Una vez acaban, deshacen el mandala barriendo la arena desde las orillas hacia dentro. Este nuevo acto simboliza la muerte. Después los monjes acuden a un río, lago o mar  y allí vierten la arena con el fin de difundir la energía curativa del mandala a todo el mundo. Este proceso simboliza la continuidad de la vida y transmite la filosofía oriental del desapego hacia lo material.

El mandala simboliza y expresa la totalidad. La totalidad de la persona, tanto de su experiencia interior, como de su relación con el mundo exterior, pues ambas realidades afloran en el mandala. Es la metáfora de la vida misma representada en un mandala de arena: Nacemos, crecemos, maduramos y morimos. Los mandalas nos recuerdan que nada es estático o permanente y la naturaleza cíclica del tiempo.

Lo importante no es la obra final, sino el proceso que se sigue para su creación. Lo cual me lleva a pensar inevitablemente en uno de los fundamentos de la arteterapia: Que el proceso de creación prima sobre el resultado final, que pasa a ser una huella de lo acontecido.

Fuentes:

Huyser, A (2006). El libro del trabajo de los mandalas para el descubrimiento de  uno mismo. Ediciones Obelisco.

Küstenmacher, M y W (2010). Energía y fuerza a través de los mandalas.  Ediciones Obelisco.

Guerini, S (2011). Mandala Intuitivo. (Blog). Recuperado el 10/07/2014 de

http://mandalaintuitivo.wordpress.com/

Gutierrez, E (2004, enero). Pintura meditativa, una forma de arteterapia

(en linea). Recuperado el 20/06/2014 de http://www.arteterapiahumanista.com/Referencia%205.htm

Arte con mayores

A lo largo de este año académico han sido muchas las intervenciones que hemos realizado con personas mayores.

Hemos trabajado en residencias, centros de salud y espacios culturales. Y a aunque cada una de las experiencias vividas ha sido diferente, todas y cada una de ellas nos han hecho darnos cuenta de la importancia de la creatividad y de las prácticas artísticas en los adultos.

Los niños tienen esa capacidad de abstracción de la realidad y de inmersión en el juego que les hace volar la imaginación y ser creadores de nuevos mundos. Para ello emplean la imaginación, la fantasía y transforman lo conocido en lo novedoso. Pero siempre, partiendo de lo ya conocido, por esa razón, cuanto más rica sea la experiencia humana, tanto mayor será el material del que dispone esa imaginación. (Vygotskii. 2003: 17). Por eso la imaginación de un niño es más pobre que la de un adulto.

¿Qué ocurre entonces? ¿Porqué a medida que nos hacemos mayores se pierden esas facultades creativas?

La creatividad es algo que hay que practicar, todos somos seres creativos en potencia, pero si no fomentamos esos momentos en los cuales ser creativos y nos limitamos a repetir lo aprendido, sin introducir variaciones o tomar un camino completamente diferente, nos anquilosamos, nos vamos endureciendo.

Las experiencias vividas con los mayores nos enseñaron que siempre puede ser un buen momento para retomar aquello que dejamos de lado cuando comenzamos a crecer, que nunca es tarde para aprender ni para tener nuevas experiencias que permitan acercarnos de nuevo al niño, creador de mundos, que todos somos.